Mi experiencia en el MR 1J4 en 1963

Todo ensayo, testimonio, reportaje o entrevista recordatorio del levantamiento armado protagonizado por el Movimiento 14 de Junio el 28 de noviembre de 1963, debe recrear el ambiente a partir del golpe de Estado al gobierno de Juan Bosch en 1963 asestado por la cúpula militar.

El panorama cambió de un régimen Constitucional  a uno de facto y represivo,  el Triunvirato, civil pero bajo mandato militar.

Abortaba así el intento por establecer la democracia, luego del ajusticiamiento de Trujillo.

El 14 de Junio asumió ese nombre en la clandestindad  en homenaje a las expedicionarios que llegaron del exilio en 1959 por Constanza, Maimón y Estero Hondo. Los luchadores  clandestinos apresados sufrieron indescriptibles torturas en las cárceles del trujillato.

En la actividad pública, el liderazgo de Manolo Tavárez caló en el ámbito nacional, dando continuidad a su trayectoria clandestina  y bajo la prisión.

En los recorridos del 1J4  por las provincias  y sus alocuciones en actos multitudinarios le sumaron estatura política a Manolo.

¿Cuáles eran las palpitaciones en el 14 de Junio en vísperas del alzamiento?
¿Por qué la respuesta al golpe fue el alzamiento armado a las montañas?
¿Hasta dónde influyó el triunfo de Fidel en el intento por repetir esa historia ?

Consumado el golpe de Estado, mientras pasamos a la clandestinidad se intensificaron las actividades  del 1J4,  apuntando al levantamiento armado, diseñado para seis zonas montañosas con sendos frentes guerrilleros.

En Las Manaclas operaría el frente Enrique Jimenes Moya, en Altamira el Gregorio Luperón, al Este  el Mauricio Báez, al Sur el Enriquillo,  en Bonao el Juan de Dios Ventura y al nordeste el hermanas Mirabal.

En la capital y provincias quedaron dirigentes con la misión de ejecutar un plan de acciones armadas y propagandísticas.

Eran muy precarias las condiciones físicas de la mayoría de los que íbamos a las lomas, y casi nulo el  adiestramiento militar.

Conjuntamente con el  santiaguero Danielito Fernández Núñez, estudiante de medicina, aproveché terrenos deportivos para correr y otros ejercicios.

El asesinato del presidente estadounidense J.F. Kennedy obligó a posponer  el alzamiento armado, fijado para el 22 de noviembre.

Fueron pocos días pero de angustiosa espera en casas en que recibimos una cálida acogida.

La tienda Genita en la calle El Sol, del amable Saulio Saleta, era mi fuente noticiosa preferida, donde escuchaba de los noticieros  todo lo relativo al Golpe.

Entre nuestros huéspedes debo citar las atenciones de doña Chea Rancier, doña Quisqueya Pérez, los hermanos Cuqui y Pedro Batista, José Mauricio Estrella, doña Asunción de Hadad, Mireya Díaz Moreno, José Saleta, Ignacio Méndez y otros colaboradores del proyecto insurreccional.

La noche de la hora cero, desde una cañada frente a la universidad Madre y Maestra partimos la mayoría de los de Las Manaclas y de los que íbamos hacia Altamira.

En el estadio Cibao se batieron el Escogido y las Águilas.  El final del partido coincidía con el paso de nuestra camioneta repleta de hombres y armas frente al cuartel policial en la periferia del parque de pelota.

Fue Juan Miguel Román que me incorporó al proyecto guerrillero, así como a Rodrígo Lozada, ‘Pulusito’.

Tras salir de Santiago, llegamos a la entrada de El Limón. Allí tomamos ruta hacia la montaña, aparentemente sin rastros que pudieran delatar la incursión.

Juan Miguel Román esbozó la etapa inicial de la guerrilla del frente Gregorio Luperón. Confrontamos problemas con dos compañeros que debían contactar campesinos, pero desertaron.

Los guerrileros de mayor experiencia eran Guancho Escaño y Daniel Matías, con entrenamiento en guerra de guerrillas. La vocación militar de Juan Miguel y de Sóstenes Peña Jáquez, aportaron a la disciplina colectiva en las montañas.

Además de la misión común en el grupo guerrillero, por mi afición propagandística se me entregó un radio portátil “National” con la tarea de escuchar los noticieros, prefiriendo Radio Reloj Nacional, bajo la conducción de Luis Armando Asunción.

Luego de un torrencial aguacero, detectamos a dos jóvenes que desandaban las montañas quizás en la búsqueda de un animal extraviado. Luego de conversar brevemente, nos dirigimos a la casa de una señora aparentemente “rica”, que nos recibió muy amable, ordenando un abundante desayuno con mucha leche, huevos y víveres, el cual disfrutamos a plenitud.

Para evitar sospechas, simulábamos ser del Ejército Nacional. Juan Miguel había ordenado formación militar, con posta y todo, durante la permanencia en la casa.

Dado que supuestamente buscábamos la guerrilla, la señora y un sobrino actuaron como si habían creído en nuestras palabras.

Sin embargo, la leyenda se derrumbó cuando a pocos minutos de la salida, el sobrino nos alcanzó para aconsejarnos cambiar el rumbo de la marcha por la posibilidad de un choque a tiros con la guardia, que estaba cerca de nosotros.

Nuestra primera baja mortal fue el santiaguero Enriquito Almánzar,  que estaba a cierta distancia.  al detectarlo los miliares.

Tras una prolongada caminata que agravó los dolores en la columna vertebral del compañero Ponono Minaya, en tierra de pronunciada pendiente cubierta por copiosos árboles, acampamos una noche ignorando vivir la víspera de un choque armado con tropas que nos habían ubicado con precisión.

En horas de la madrugada se estrechó el cerco.

Yo escuchaba las noticias mientras se acercaba  la unidad de vanguardia militar.

De repente observé el sigiloso avance  hacia el grupo de un soldado sin casco militar, de rostro “achinado” que apuntaba con su fusil hacia nosotros.

Sóstenes y Guancho Escaño comenzaron a disparar certeramente, aunque instantes después cayó Escaño, talentoso joven puertoplateño, lo mismo que el valeroso Ponono Minaya.

La dispersión de nuestro frente guerrillero quedó determinada por ese choque pese a que se logró romper el cerco.

Mientras algunos compañeros fueron apresados, otros continuaron hacia  Santiago, sin poder entrar.

David Jacobo y quien escribe nos quedamos unos días en las montañas pendientes de lo que acontecía.

Permanecimos algunos días internados en un espeso “broque”, interesados en localizar algunos compañeros. Pero fuimos detectados por un típico vago o “lumpen” campesino que hizo de todo bajo un fuerte chantaje para que nos entregáramos a “la guardia” con la “garantía de que quedaríamos a salvo”.

Su perversa intención era que, a cambio, le entregáramos nuestros relojes, dinero en efectivo y el “jacket verde olivo” que yo portaba.

Tras algunos días de conversación poco amistosa con el chantajista, David y yo logramos encontrar un par de familias campesinas de sanos sentimientos que nos facilitaron llegar a la vecindad de la sección “Pedro García” en horas de madrugada.

Allí, sin ser detectados como guerrilleros, logramos montarnos en la parte trasera del camión del correo, que nos trasladó a Santiago, donde David Jacobo contactó su familia, que de inmediato nos protegieron.

Mi siguiente protección se la debo a doña Quisqueya Pérez viuda Perdomo y a Homero Herrera, quien debió camuflar mi identificación ante un agente del servicio de Inteligencia Militar que visitaba su casa.

Como tétrico colofón a mi estadía en Santiago, al no poder soportar tranquilamente la muerte de los compañeros que habían subido a Las Manaclas, me trasladé al hospital donde fueron depositados sus masacrados cuerpos, colaborando con la identificación de algunos, que se dificultaba por ser de distintas procedencias.

Mi traslado a Santo Domingo en el baúl de un carro, siguiendo caminos por tierras de la provincia Sánchez Ramírez y de territorio Monteplateño, para no transitar por la “Duarte”, fue posible gracias a la audacia y la solidaridad de Ivelisse Acevedo y otros compañeros del 1J4.

Tras algunas semanas después de la caída de Manolo y muchos compañeros valiosos terminamos en un forzoso exilio que nos llevó a Paris y algunas capitales de América Latina.

¿Fue frustratoria para mi la experiencia guerrillera en el frente Gregorio Luperón? Categóricamente no. Yo había rechazado el mensaje que sataniza las vías alternativas cuando se cierran las pacíficas y democráticas para el batallar político.

Manolo es la voz pionera en la protesta contra el golpe de Estado y por el retorno a la Constitucionalidad malograda.

Con todo y que debemos reconocer los errores que condujeron al fracaso militar de la insurrección del 28 de Noviembre, el propio Manolo había advertido los altos costos, incluso en vidas, de los procesos revolucionarios.

Con absoluto respeto para las demás, ninguna acción armada en las montañas dominicanas cubrió los requisitos del alzamiento del 28 noviembre: A) Un motivo (el golpe de Estado). B) Un partido de prestigio (1J4). Un líder nacional (Manolo). C) Dirigentes políticos de amplias simpatías provinciales en los distintos frentes.

Mi mensaje es que el fracaso militar no sea pretexto para descalificar la perseverancia en los principios e ideales del cifrados en  conquistas aún pendientes de cristalizar para el pueblo dominicano.

Hoy el pueblo sigue sumido en un apagón moral que degrada la sociedad y promueve la involución de valores. Quienes hayan claudicado, perforan su pasado político de participar en el alzamiento y moralmente dan la espalda a los caídos.

Respetar la memoria de Manolo es perseverar en su lucha y recoger la bandera gloriosa verde y negra del 1J4.

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